Reencuentro
Con la curiosidad de un detective, introduje tres letras. Le di a buscar… ¡Bingo! Un resultado, y allí estabas. Por un instante, fue como volver al pasado, aparecieron flashes, me dejé llevar…
Porque todo comenzó una noche, en la malagueña Plaza Uncibay. Cuando el tiempo no se fraccionaba en horarios y compromisos. Cuando palabras como hipoteca, euribor, alquiler, hijos, préstamos, quedaban tan lejos. Los días eran todos el mismo. Las horas pasaban acordes a los estados de ánimo. Hasta las bicicletas eran para el verano, en aquellos años de inocencia.
Me ofrecieron asiento, llevaba muletas. Parecían simpáticas, además de guapas. Les ofrecí de mi campero, y nos invitaron a un bar. Un garito que comenzaríamos a frecuentar desde aquel día...
El Wall Street, se convirtió en nuestro bar de copas por excelencia. Cambió de nombre y de ambiente, y continuábamos yendo. Pero nuestras dos amigas, dejaron de venir, y ya nunca fue lo mismo...
Llegué a la mayoría de edad, y un servicio militar se cruzó en mi vida de modo abrupto. Fue capaz de eliminar el velo de ignorancia de una infancia dilatada, y alzarse como un escollo que presentaba los primeros dilemas existenciales. Únicamente con el tiempo, comprendería que había sido necesario romper el cascarón, y afrontar las nuevas responsabilidades de la edad. Y allí estuvieron mis dos amigas, oyendo y leyéndome. Aconsejándonos en nuestras pubertosas relaciones, confesándonos secretos del grupo…
Pero el tiempo, trajo consigo esa cosa de hacerse mayor. Empeñado en oxidar todo lo que iba tocando. Y con esto, aparecieron los compromisos, trabajos, las nóminas, las letras bancarias... todo aquello que nos parecía quedar tan lejos. Perdíamos el contacto con compañeros de colegio e instituto, mientras ganábamos otros en la facultad o el trabajo. Amigos del barrio se iban de la ciudad, y con otros sellábamos más los lazos,... entre tanto, nuestras dos amigas se fueron esfumando sigilosamente.
A día de hoy, estoy cansado de ser mayor, triste porque se me haya impuesto ese rol, sin preguntar. Es evidente que físicamente el tiempo no pasó en balde. Está escrito en mi cuerpo el paso de los años, pero no en mi mente. Me resigno a crecer, a perder la ilusión de cuando niño. Y ha sido este reencuentro, el que ha alimentado esa nostalgia que dormía en mí...
Bienvenida.
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